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Juan Francisco Martín del Castillo

Quino en el recuerdo

Yo aprendí a leer con los tebeos, los mejores amigos del niño. En mi infancia, el que leía libros de los considerados serios era el raro, mientras que el lector de historietas era un afortunado. Y todavía lo era más si coleccionaba las series, fueran nacionales o vinieran de fuera. Los que no podían, aprovechaban la amistad con los que tenían las colecciones más deseadas. El Capitán Trueno, el Jabato o El enmascarado, sobre todo este último, eran los tebeos celebrados por todos, puesto que los dibujos de Marvel aún no habían llegado, por lo menos, de la manera como luego lo harían. Entre tanta exhibición de talento, eminentemente española, resultaba extraño encontrar algún representante de la otra orilla, la americana.

Salvo excepciones, el impacto del humor gráfico de Quino no cuenta con parangón entre los lectores del mundo de la historieta. Gusta por igual a pequeños y grandes, cultos o iliteratos, pobres y ricos. Hay algo en el universo del argentino que traspasa el papel y hasta las generaciones. Es unánime su reconocimiento y, a estas alturas, nadie pone en duda el legado del autor de Mafalda. Sin embargo, muy pocos exponen su primer contacto con las tiras del dibujante o, tal vez, cómo recibieron la novedad que suponían en aquellos momentos en los que “uno deja de ser interesante”, en las palabras del propio genio de Mendoza.

Mi aproximación a Quino fue tardía en comparación con los que otros describen. La pasión por los tebeos de El enmascarado o el propio Jabato no tuvo competencia durante mucho tiempo. Tanto el enigma como el valor de estos personajes me encantaban, así que nadie rivalizaba en interés con ellos. Fue una etapa a la que le siguió una muy distinta, la que marcó el descubrimiento de la historieta inteligente y con mensaje, que, de algún modo, trataba de llegar a una parte del lector hasta ese instante ignorada. La transición de las viñetas de los esforzados héroes, prestos a salvar a los inocentes de las garras del mal, hacia los pasajes del humor elegante, sabiamente ingenuo y ferozmente crítico de las aventuras de una peculiar pandilla de imberbes necesitó de un cambio personal. El tebeo ya no te pedía sólo ver, sino también comprender. Las tiras de Quino solicitaban un acto de inteligencia, un expreso compromiso para situarse en el mundo. Una tarea que exigía, por escasa que fuera la edad, un posicionamiento moral. Hasta ese entonces, las historietas eran para mí el reflejo de una realidad ideal, en la que las imágenes no te ponían en aprietos, ni siquiera te lo planteabas. Siempre estábamos en las manos del dibujante, pero con el de Mendoza las cosas se alteraron. Ahora eras un personaje más, el que faltaba para completar la historia. Igualmente seguías en las manos del grafista, pero de un modo radicalmente diferente. Si se piensa bien, el protagonista absoluto de las evoluciones de Quino no es Mafalda ni sus pequeños amigos, ni tan siquiera los mensajes que trasladan. El personaje central, el indiscutible, es el mismo lector. Por una vez, un dibujante te trataba como a su igual, y, por esta razón, te exigía en lo personal. Costó entenderlo, sobre todo en esa época de la infancia en la que deseas una realidad semejante a la imaginada. Insisto, comencé a leer con los tebeos y sus historias fantásticas, pero comprender, lo que se dice comprender una realidad que ya se antojaba extraña, eso se lo debo a Quino. Desde la distancia, gratitud infinita.

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