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Ángel Machado Cabezas

Más liberalismo económico, peor economía

Más liberalismo económico, peor economía

Más liberalismo económico, peor economía

El liberalismo económico surgió a finales del siglo XVIII como reacción a la intervención de los estados en la economía. Se basa en el apoyo a la economía de mercado y a la propiedad privada. El liberalismo es un caso extremo de capitalismo al no permitir ninguna intervención pública en la economía, salvo para mantener el orden y la legalidad.

La realidad no se aviene con las doctrinas teológicas como las de las tres religiones monoteístas que comparten el mismo Dios, el comunismo-marxismo o el liberalismo económico. Estas tres doctrinas se fundamentan en ciertas creencias irreales o no demostradas como el infierno y el paraíso en las religiones, la bonhomía y solidaridad naturales en el comunismo y la supremacía absoluta de la libertad individual en el liberalismo. Las religiones monoteístas han llevado a la discriminación hacia las mujeres, a guerras y horrendos asesinatos como los de la Inquisición, y a bendecir dictaduras como la de Franco o muchas sudamericanas. El comunismo ha conducido a conflictos sociales, al colapso económico y a estados que imponen un poder arrogante y brutal.

El credo del liberalismo económico se basa en suposiciones irreales sobre el comportamiento humano como considerar al hombre como un ser económico egoísta, codicioso y vago y promete un bienestar superior a cualquier otro sistema económico. Supone erróneamente que las personas siempre desean consumir más y que reaccionarán de la misma forma a determinados incentivos y así, preferirán pagar menos impuestos a cambio de tener menos servicios públicos (algo que está en contra de la evidencia española, según un estudio del CIS de 2012), supone también sin fundamento que generalmente se elegirán las prestaciones privadas a las públicas en servicios como educación, sanidad, limpieza pública, etc. Por otro lado, presupone que la prestación de servicios con medios privados es más eficiente, es decir que consume menos recursos que si se hace con medios públicos, afirmación que no tiene por qué ser cierta como demuestra la sanidad de Estados Unidos que siendo esencialmente privada y liberal es también muy ineficiente. Igualmente considera que las bajadas de impuestos a las rentas altas aumentan la inversión, algo que en general contradice la evidencia empírica como ocurre, por ejemplo, con la bajada decretada por Trump al inicio de su legislatura. Y sorprende mucho que todavía existan liberales que dicen que el impuesto sobre sucesiones es una doble imposición, lo que es una evidente mentira muy fácil de demostrar. En resumen, el liberalismo más que basarse en la ciencia se basa en la fe.

Los liberales suelen afirmar que su doctrina conlleva más riqueza económica, lo cual tampoco tiene por qué ser verdad en absoluto. Un caso claro de liberalismo económico fue el de Chile a partir de 1975, cuando Pinochet ante la gravedad de la situación económica del país puso al frente de su economía a los liberales denominados Chicago Boys, los cuales liberalizaron su economía hasta 1982. El resultado fue una caída del PIB, aumento del paro, reducción de las exportaciones, gran aumento de las desigualdades sociales, caída de los salarios reales, en resumen, un empeoramiento general de la economía (Wikipedia). No se debe olvidar tampoco que la crisis global de 2008 tuvo su causa principal en la desregulación (mayor liberalismo) de los mercados financieros.

En economía es de sobra conocido que el mercado tiene fallos o situaciones en las que no es capaz de asignar bien los recursos, como ocurre con los bienes indeseables y con los preferentes, con los bienes públicos, cuando hay grandes asimetrías de información, con las externalidades, etc. y en estos casos puede y suele ser adecuada la intervención pública, aunque con ciertas condiciones.

Uno de los principios básicos del liberalismo es la meritocracia, consistente en que cada uno debe defenderse por sí mismo y así los logros que alcance tanto profesionales como económicos se deben a sus propios méritos. Este enfoque olvida que generalmente la buena formación y las buenas oportunidades derivadas de ella que influyen en tales éxitos están en deuda con la sociedad, los profesores y los padres que le ayudaron, etc.

Una consecuencia del liberalismo, en buena medida derivada de lo anterior, es que genera grandes desigualdades de riqueza. Normalmente las grandes desigualdades de renta causan diversos problemas a los desfavorecidos como: peor salud física y mental, mayor delincuencia, más consumo de drogas, mayor disfuncionalidad social, etc. La principal justificación de las diferencias de riqueza, al margen de las herencias recibidas y de algún caso de fortuna, proviene del hecho de considerar que la retribución por el trabajo debe estar en función de la aportación que haga cada trabajador al mismo pues en caso contrario no existirían incentivos para mejorar ni para ser más productivo. Esta argumentación es inmoral. Supongamos que alguien tiene buenas cualidades como: ser muy inteligente, muy hábil, etc., lo que le permite ser muy bueno en su trabajo. En su mayoría estas cualidades son innatas, aunque algunas en parte también se pueden cultivar, de forma que su mérito proviene principalmente de la suerte que se ha tenido al nacer. Esta creencia de basar los sueldos principalmente en méritos personales no es moral, pues nadie es merecedor de la capacidad superior recibida “de regalo”, porque lo que mide dicha capacidad es su suerte. Consecuentemente, moralmente no está justificado que existan grandes diferencias de renta a partir de supuestas o reales diferentes capacidades laborales. Lo anterior no supone que no deban existir diferentes retribuciones en función del trabajo aportado por cada persona y de su responsabilidad, algo que quizá nadie cuestione, pero una cosa es que existan diferentes retribuciones según el resultado aportado a la empresa y otra que estas sean abismales e injustificables como ocurren actualmente de forma creciente en muchas empresas.

Según el catedrático de economía de Oxford Paul Collier, “a pesar de la promesa de prosperidad lo que ofrece el capitalismo moderno es agresión, humillación y miedo”. Las sociedades capitalistas deben ser éticas además de prósperas. El Estado debe ser activo a nivel económico para solventar los fallos del liberalismo, pero no debe tener un poder excesivo. Así, no debe quitar alegremente los ingresos a los ricos para dárselos a los pobres. En resumen, el capitalismo no debe ser derrotado, sino que debe ser bien gestionado, regulado y sometido a cierta intervención pública sensata, prescindiendo así del puro liberalismo económico. El mundo nunca ha sido ético, pero entre 1945 y 1970 cuando la socialdemocracia predominaba fue la época de mayor progreso hacia este objetivo y desde entonces, con la reducción de la intervención pública en la economía (aumento del liberalismo) tal objetivo se ha ido perdiendo.

ÁNGEL MACHADO. DOCTOR EN ECONOMÍA

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