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Elizabeth López Caballero

La educación como solución

El pasado fin de semana mientras desayunaba leí en este periódico los últimos acontecimientos del juicio sobre la muerte de Yurena, la joven asesinada por su pareja en el año dos mil diecisiete en Lomo Magullo. Ojeé el reportaje sobrecogida porque creo que por muchos años que pasen, este suceso no dejará de arrugarme el alma. Pero fue en un punto concreto de la lectura donde me quedé realmente consternada: “A la representante de la fiscal le llamó la atención que los testigos de la defensa dijeran que Gil le daba permiso a la víctima para salir, como si ella no fuera libre para decidir cuándo o a dónde ir”.

Esas palabras me agitaron, ya que a diario en mi trabajo veo parejas de adolescentes que entienden el amor como un acto de posesión. La libertad queda relegada a los caprichos y antojos de la pareja, aunque esa falta de libertad atente contra su integridad individual como ser libre. Y no me vale el argumento “depende de la clase social” porque esa forma de (mal)querer la he visto en adolescentes con un nivel socioeconómico alto y en adolescentes en situación de vulnerabilidad. Tanto el amor como el egoísmo son universales. No se rigen por la pecunia. Seguí leyendo con el runrún de las palabras de la representante de la fiscal en la cabeza cuando me topé con el siguiente titular: “Canarias, cuarta región en número de condenas a menores por delitos sexuales”. ¡Tenemos un problema!, me escuché decir en voz alta. Mi marido, que leía la otra mitad del diario (es una vieja manía que conservamos, repartirnos el periódico e ir comentando las noticias que lee uno y otro) me miró por encima de la sección de cultura esperando la explicación a mi sobresalto. Entonces iniciamos un debate acerca de los jóvenes, de las formas de relacionarse, de la involución que estamos viviendo en la era en la que más acceso a la formación –y a la información– tienen, de la influencia del trap o del reggaetón y de lo extemporánea que se está quedando la Consejería de Educación, que no se da cuenta de que no puede seguir utilizando los mismos planes educativos con los jóvenes de la actualidad que nada tienen que ver con las generaciones anteriores. Hace unos meses, la Consejera de Educación llamaba dinosaurios a los profesores.

Sinceramente, no creo que los dinosaurios sean quienes están en las aulas, al pie del cañón, trabajando con el alumnado e, intentando, con los escasos recursos materiales que tienen, educar no solo a nivel curricular sino también en valores. Todo esto lo hacen a través de proyectos que ponen en marcha desde los centros: en igualdad, en violencia de género o en educación afectivo-sexual para dar respuesta a los estudiantes. Los verdaderos dinosaurios están en los despachos, tomando decisiones sin tener el buen tino de pasarse por un centro educativo a preguntarle al equipo directivo o a los docentes lo que necesitan. Sin embargo, desde sus cómodos sillones decretan y abolen leyes sin ton ni son. ¿Realmente les preocupa la educación a esos dinosaurios? Noticias como estas del periódico nos dan pistas claras de cómo debemos abordar la enseñanza. Hay que hacer cambios y hay que hacerlos ya. No podemos ser la cuarta región con más delitos sexuales perpetrados por menores. Tampoco podemos obviar lo que sucede delante de nuestras narices: escenas de violencia de género que pasan desapercibidas porque las tenemos interiorizadas y me atrevería a decir, en algunos casos, hasta normalizadas. ¡Ya está bien! Estamos haciendo lo mismo de siempre y nada cambia, ¿qué más necesitamos para darnos cuenta de que la única opción para frenar semejantes situaciones es la educación? Sí, la educación es la única opción. Que ya nos vale…

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