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Alberto Pérez: “¿Cómo queda la autoestima de quien se ha odiado a uno mismo tantos años?”

Le recetaron para curarle de su homosexualidad Sertralina, Depamide y Tepazepán

Alberto Pérez.

Alberto Pérez.

“Quería hacer todo lo que estuviera en mi mano para sanarme. Me convertí rápidamente en un alumno muy aplicado. Obedecí en todo y no cuestioné nada. Pronto era uno de los chavales más aventajados y comprometidos. Sin embargo, yo me sentía muy atascado. Muy deprimido, me sentía estigmatizado, muy marcado… Empecé a desarrollar un asco hacia mí mismo por esa enfermedad que portaba. Tenía mucha angustia, mucha ansiedad y mucha desesperanza. Para mi nada de mi futuro tenía sentido si no conseguía ser capaz de deshacerme de aquellos demonios”.

Este es parte del relato del grancanario Alberto Pérez (@albertops1991), de 28 años, un joven que a los 14 años descubrió su homosexualidad y desesperado buscó en la iglesia una solución llegando a ser él mismo impulsor y asesor de esas mismas terapias de reconversión homosexual de las cuales ahora trata de prevenir con charlas y entrevistas.

“Te animaban a continuar”, sigue con su relato. “No se lo digas a nadie porque el mundo el diablo te quiere destruir. Si caes en la trampa del enemigo, no vas a poder volver a atrás. Fuera de aquí no hay nada. La vida gay es un infierno, destrucción, promiscuidad y soledad”.

"Mi familia no es especialmente religiosa y tampoco es homófoba. Sin embargo, yo no entendía lo que me estaba pasando, tenía vergüenza, no abundaban referentes positivos… Así que por iniciativa propia busqué orientación religiosa”

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Para ese momento en el que este joven canario descubrí su condición sexual “yo estaba muy involucrado en la vida religiosa. Hoy sé que me aferré a la religión porque no entendía lo que me estaba pasando. Sentí miedo. Creí que en la Iglesia podía encontrar refugio y una solución. Mi familia no es especialmente religiosa y tampoco es homófoba. Sin embargo, yo no entendía lo que me estaba pasando, tenía vergüenza, no abundaban referentes positivos… Así que por iniciativa propia busqué orientación religiosa”, prosigue.

“Aún antes de tener las cosas claras, ya había interiorizado por lo que escuchaba en los medios de comunicación, en la calle y en el colegio que ser gay te ponía las cosas más difíciles.

Estaba convencido de que mi forma de ser iba a ser motivo de burla, vergüenza y desde luego iba a ser algo que ofendía a Dios. Abracé la premisa que esto era pecado y creí y confié que Dios me daría la solución.

Personalmente, tras todos estos años inmerso en el ‘mundo ex gay’ lo que vi es que todos los terapeutas particulares y grupos eran en mayor o menor medida claramente religiosos. Ya sean católicos o protestantes”, explica Alberto Pérez.

“Yo entre en contacto con una comunidad religiosa online que estaba vinculada y apoyada por el Obispado de Alcalá de Henares. Antes de llegar a la mayoría de edad”, rememora, “mantengo mi contacto con este grupo de forma online y participo de su Itinerario de Sanación de forma más o menos permanente. Teníamos sesiones semanales tanto a nivel individual ya fuera con psicólogos o mentores -podían ser sacerdotes- o incluso hermanos mayores, personas que ya llevaban algún tiempo en el proceso. Cuando cumplo 18 años, y sin el consentimiento de mi familia viajé a la península para una experiencia inmersiva. La base de operaciones de este grupo era la hospedería de una orden religiosa en Cantabria”, dice Pérez.

"Me propusieron que además de la parte psicoterapéutica debía transitar la vía farmacológica. Se me derivó a la consulta de un famoso psiquiatra en Madrid"

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“Estando en la península y dada mi tortuosa situación, me propusieron que además de la parte psicoterapéutica debía transitar la vía farmacológica. Se me derivó a la consulta de un famoso psiquiatra en Madrid, quién había sido una de las voces que se personó en el senado de España en el año 2005 como uno de los expertos que se oponía a la aprobación del matrimonio igualitario”, se queja el grancanario.

“Pese a todo, yo me sentía muy dichoso porque había podido hacer un parón en mi vida personal, una especie de año sabático para dedicarme exclusivamente a sanarme de la homosexualidad. Frente al grupo era un caso modélico, todos me auguraban muchos éxitos. Al fin y al cabo tenía a mi disposición las mejores herramientas”.

Confiesa que así lo hizo: Madrid, calle Velázquez. Barrio de Salamanca. “Una consulta lujosa pero sobria”, cuenta, donde le recetaron para curarle de homosexual Sertralina, Depamide y Tepazepán, declara Alberto Pérez.

“Cuando comencé con las pastillas, todo pareció que empezaba a funcionar y me llegué a sentir muy bien. Porque realmente yo también era muy homofóbico. Nunca me cuestioné nada. Yo no soy más tonto que nadie, pero estaba desesperado y no soportaba la idea de ser así. Yo quería ser normal, como los demás. Llegó un momento en el que me convencí de que había conseguido cambiar. Pienso que me sugestioné. Yo no estaba engañando a nadie. Me estaba engañando en todo caso a mi mismo, el deseo de pertenecer, de aceptación, de ser como los demás y los efectos de la fuerte medicación que tomaba provocó que sintiera que ya no era gay”, admite el protagonista de esta historia.

“Realmente, pasé muchísimos años sumergido en todo esto… También viajé a EEUU donde había organizaciones religiosas, ministerios cuyo campo de trabajo era este, el acompañamiento a cristianos que deseaban superar la homosexualidad. Allí tomé varios entrenamientos, certificaciones y capacitaciones que me formaron como terapeuta también. Por lo que no solamente estaba involucrado por mí, sino que también promovía este tipo de terapias para otras personas. En fin, toda mi vida giraba en torno a este tema. Era como una burbuja, como una secta. El mundo ex gay se convirtió en mi mundo, en lo único que conocía. Me terminé convirtiendo en mi mayor enemigo”.

“Con el paso de los años todo aquello comenzó a resquebrajarse y empezó a no ser sostenible. Aunque así me lo pareció durante mucho tiempo, no hubo cambio realmente. Y esta es mi experiencia no solo por mi sino por los chicos que vi participar de estos grupos y terapias. No hay cambio real, duradero y significativo en el tiempo. Efectivamente hay quien logra modelar y convertirse en un hombre heterosexual funcional; hay quien encuentra un sentido de vida en esta lucha… Pero todo esto está lejos de un auténtico cambio. Y es que no hay nada que cambiar, porque no hay nada que curar”, admite a día de hoy.

“En aquellos años, conocí el caso directo de un chico colombiano que se había quitado la vida. Tal vez ese fue uno de lo varios puntos de inflexión. Tuve que ser radical, cortar de raíz con todo y empezar mi vida lejos de todo aquello”.

"Las terapias de conversión son auto odio. No tengo ningún problema con ser homosexual. Me amo, me acepto, me respeto"

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Entonces todo se fue ordenando -no de una manera tan sencilla porque la vida de Alberto da para varias páginas más de reportaje- “y a partir de ahí he tenido que hacer mucho trabajo personal para superar las secuelas de aquella experiencia. ¿Cómo queda la autoestima de una persona que ha estado odiándose a si misma durante tantos años? Y este es parte del trabajo que hacemos hoy desde nuestro gabinete, apoyar a personas que puedan estar atravesando un conflicto similar al mío a entender que no deben de renunciar a nada de ellos mismos. El mensaje es que nos den a los demás la oportunidad de conocerles y disfrutarles tal y como son. Que busquen ayuda y apoyo. Pero apoyo de profesionales preparados y colectivos como GAMÁ quienes llevan tantos años trabajando estos temas”. El amor por otro chico fue clave para que Alberto Pérez se convirtiera en la persona que quería ser y que hoy trabaja por ayudar a los demás convertido en mejor persona.

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