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Entrevista | Yeray Rodríguez - Verseador

Yeray Rodríguez: “Otro gallo nos cantaría si creyéramos más en nosotros para comer y vivir”

Yeray Rodríguez, fotografiado en Agaete.

Yeray Rodríguez, fotografiado en Agaete.

Yeray Rodríguez es un verseador canario capaz de unir amor por su tierra, la sabiduría académica y cultura gastronómica local. Un lujo para Canarias. Escuchar sus palabras es escuchar a una persona orgullosa de su tierra, de su ser y de su identidad. Hombre pegado a la tierra, a sus raíces, también sabe mirar al mar que nos une con el resto del mundo, del que también sigue aprendiendo. Artenara es la tierra que vio nacer a sus padres. A él es lo único que le faltó, nacer en ese pueblo que tanto ama.

¿Dónde nació?

Nací en Las Palmas de Gran Canaria. Pero si me preguntas de dónde soy, soy de Artenara, porque es el lugar que, seguramente, más ha influido en lo que soy hoy.

¿Qué significa para usted ser canario?

[Para responder recurre a estos versos, que ayudan a entender las raíces de un canario]. Ser canario es simplemente / ser del mundo desde aquí / y asumir que se es así / igual por ser diferente. Ser canario es ser consciente / de que hay más dolor que euforia / en nuestros años de historia / y es encarar el destino / sin arrancar al camino / las huellas de la memoria.

¿A qué se dedicaban sus padres?

Mi madre es costurera y trabajó toda su vida en el Ejército del Aire. Mi padre estudió capacitación agraria y trabajó en ese mundo rural que le apasionaba, en empresas de productos agrícolas y también al frente de algunas fincas en el norte, además de plantar papas dos veces al año en sus bocados de Artenara. Él me ha regalado ese amor y conocimiento por la agricultura y los productos de esta tierra.

¿Cuántos hermanos tiene?

Tengo una hermana pequeña.

¿Dónde fue al colegio? ¿Recuerda que llevaba para desayunar?

Estudié en Tamaraceite. No llevaba desayuno al colegio, aunque en esa época [tiene 42 años] era lo normal. Desayunaba en casa, con los ojos pegados pero con contundencia: leche, gofio, pan, queso…

"No hay sabor que se compare con el de la comida de la madre de uno. Todo sabe mejor en casa y casi todos responderíamos lo mismo a esa pregunta. A las abuelas, que son madres dos veces, se les multiplica la magia en la cocina"

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¿Cuáles eran sus sabores preferidos de la infancia?

Seguramente no hay sabor que se compare con el de la comida de la madre de uno. Todo sabe mejor en casa y casi todos responderíamos lo mismo a esa pregunta. A las abuelas, que son madres dos veces, se les multiplica la magia en la cocina. El refrito de mi abuela Amada, mojado convenientemente en una punta de pan era un regalo, como lo era su arroz único. Y todo lo que cocinaba mi abuela Luisa era una caricia, desde los bollos, redondos o escachados con una botella de agua de San Roque, hasta una carne molida arreglada que me gustaba tanto que ella la llamaba “la carne de Yeray”.

¿Y hay alguna preparación que no pueda olvidar de su abuela o de su madre?, ¿heredó alguna receta?

Además de los sabores que he nombrado, quiero acordarme del caldo de papas de mi madre, con un granito millo y un huevo, y de un plato de mi abuela Amada: un arroz blanco sueltito, como se le quedaba a ella, con un granito de millo, acompañado de una salsa de tomate que mezclaba con pimiento, tomate entero, cebolla, atún y judías blancas. Una exquisitez. Las sopas de ajos que hacían mi abuela Luisa o mi madre en los viernes de invierno en los que llegábamos a Artenara eran una fiesta maravillosa. Pero hay que hacerlas con el bizcocho del pueblo. Si seguimos hablando de cuchara, un buen potaje de pencas o de jaramagos; este último me sabe a noviembre, a almendras, a castañas, a higos pasados, queso duro y a hila, carne blanca y pan de Artenara. Mi padre era también un gran cocinero. Yo, que no soy gran comedor de pescado, esperaba cada 31 de diciembre para mandarme un plato de su maravillosa sama al horno.

¿Le gusta cocinar?

Cocino poco. Lo que me gusta es comer. Las familias, la de sangre y la que vamos formando, han puesto el listón muy alto. Prefiero hacer felices a quienes cocinan con mi apetito agradecido.

¿Su plato preferido?

Sin muchas complicaciones, un plato que le gusta a mucha gente. Arroz blanco, papas fritas, huevo frito, salchichas y un platanito frito en la orilla. Ese plato que habla de cultura y de historia, un plato que tiene mezcla de la gastronomía cubana con lo de esta tierra, además de un plato de trabajadores.

¿Qué producto no le puede faltar?

Un buen trozo de queso y si es de nuestra tierra mejor que mejor.

¿Un capricho gastronómico imprescindible?

Un buen corte de carne a la brasa.

Oírle cantar es oír un amor hacia las tradiciones y hacia esta tierra. ¿Ama su gastronomía?

Por supuesto. Más que amar su gastronomía, que también, valoro muchísimo el esfuerzo que hay tras cada producto. Soy un incansable defensor del sector primario y de lo que ahora se denomina producto de kilómetro cero. Otro gallo nos cantaría si creyéramos más en nosotros, para comer y para vivir. Pese a la sofisticación actual de la gastronomía, dame papas sancochadas, un buen mojo y un cacho de queso aparente y no preguntaré por más nada.

¿Qué sabor le gusta de cada isla?

Cuesta decidir. El pulpo y las lapas de La Graciosa; el vino blanco y las batatas de Lanzarote; las garbanzas y las papas negras de Tenerife; el queso asado y la repostería de La Palma; la carne de cabra majorera (si es un macho capado de costa, mejor) y la sopa de puchero que no falta en las fiestas de Fuerteventura; la piña herreña y la sopa de burgados, cangrejos y lapas de La Restinga; el potaje de berros y el gofio de millo del país de La Gomera; el queso de Gran Canaria y la carne de oveja que arreglan en la medianía.

¿Cuándo descubrió que le gustaba cantar/versear?

Siempre me gustó cantar. Llevo toda la vida intentando hacerlo bien y, como no lo consigo, ahí sigo. Lo de versear fue una sorpresa. Siempre admiré el talento de los verseadores pero nunca pensé que pudiera improvisar. Escribía décimas cada vez más rápido y a los veinte años me atreví a subirme por primera vez a un escenario. Y aquí sigo. Aprendiendo todos los días.

¿En algún verso habla de la cultura gastronómica?

Las décimas de El lunes que viene empiezo [se reproducen en el texto a continuación] han corrido cierta fortuna. Llegué a pesar mucho y pensé que sería un buen pretexto no tanto para hablar y reírme de mí mismo —que también—, sino para recapacitar sobre lo injusto que resulta que medio mundo no tenga qué comer y medio mundo se ponga a dieta.

Tengo que ponerme a dieta / porque de tanto engordarme / casi no puedo agacharme / ni subirme la bragueta. / No he encontrado la receta / que me haga perder peso / pues cuando inicio el proceso / suelo sentirme tan mal / que al final digo: ¡Total, / el lunes que viene empiezo! / Y los lunes soy puntual, / desayuno poco y sano: / algún bocado liviano, / rico en fibra y pobre en sal. / A media mañana igual, / nada de pan ni de queso, / a mediodía me peso / y si no he bajado nada / doy la dieta por zanjada / y el lunes que viene empiezo. / Me comentaron que había / una dieta de una sopa / y que existía una tropa / de gente que la ingería; / la quise probar un día / para ver lo que era eso, / pero una sopa sin hueso / ni fideo está completa / y dije: “Cambio de dieta / y el lunes que viene empiezo. / Otra vez fui al endocrino, / qué visita inoportuna, / porque casi sufro una / sobredosis de pepino. / Me quitó lo más genuino / de la vida que profeso, / y yo, traidor y confeso, / no puedo, le dije un día, / yo sé qué dieta es la mía / y el lunes que viene empiezo. / Para bajar la barriga / ejercicio quise hacer, / pero, ¡qué duro es correr / sin que nadie te persiga! / Estaba de la fatiga / y del hambre ya tan preso, / que al almorzar me tropiezo / con lo que prohibido está / y dije entonces: ¡Qué va, / el lunes que viene empiezo! / Y así va nuestro planeta, / y esto no es broma ni chiste, / mientras medio mundo insiste / en querer ponerse a dieta, / el otro busca la meta / de acostarse alimentado. / Medio mundo no ha pensado / en dietas ni en endocrinos, / por eso nuestros caminos / tanto nos han alejado. / Canarias sabe bastante / de angustia, llanto y pobreza / y también de la tristeza / íntima de un emigrante; / demos un paso adelante / y luchemos por cambiar / este planeta dispar / y démosle otro futuro. / Cualquier lunes, yo aseguro / que es bueno para empezar. / Y lo de mi dieta es / difícil, no estoy tranquilo. / Bajo en tres meses un kilo / y en un día subo tres. / Pruebo una y otra vez / pero a comer mal regreso / y si alguien está obseso / por bajar lo que subió / que haga lo mismo que yo / que el lunes que viene empiezo.

¿Es consciente del gran patrimonio cultural que maneja, con sus investigaciones?

Soy consciente de la hermosa responsabilidad que tengo al poder manejar transitoriamente un caudal que no me pertenece estrictamente, que he heredado y que tengo que hacer llegar a otros. Espero, con toda la humildad, estar a la altura de este reto.

"Muchos de los que me hicieron estudiar literatura no sabían leer ni escribir, pero pusieron palabras a sus vidas y se alumbraron con ellas"

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¿Por qué estudió filología?

Porque me conquistó la palabra y porque estoy convencido de que la literatura es algo tan grande que no cabe en los libros. Muchos de los que me hicieron estudiar literatura no sabían leer ni escribir, pero pusieron palabras a sus vidas y se alumbraron con ellas. Trato de orientarme con esa luz que nos sembraron.

¿Qué significa ser un repentista?

Significa creer en la palabra, especialmente en aquellas que no se han dicho y que deben recoger no lo que el pueblo quiere oír sino lo que quiere decir.

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