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Felipe VI, el rey asediado

Partidos nacionalistas y Podemos tratan de forzar el debate entre monarquía o república, erosionando y politizando la figura del Jefe del Estado como máximo representante del consenso constitucional

Felipe VI.

Felipe VI.

El pasado 30 de septiembre, el portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) en el Congreso de los Diputados, Gabriel Rufián, protagonizó uno de sus números teatrales y, mostrando una fotografía del niño Felipe de Borbón saludando a Franco, dijo que el jefe del Estado español “es el diputado número 53 de Vox”. El pasado martes, la ministra de Igualdad y “número dos” de Podemos, Irene Montero, pedía “sensibilidad” al Gobierno del que forma parte para abrir la discusión sobre monarquía y república “porque es un debate social”. ¡Cuánto se ha alejado de la calle Podemos para afirmar que esta disputa está en la vida cotidiana de la ciudadanía!

El desempleo, la precariedad, las necesidades sanitarias y educativas, la agresividad política, las pensiones... Todo esto y mucho más es lo que preocupa en la calle. Y no la monarquía o la república

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Esta misma semana, la Red ¬Europea de Lucha Contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN-ES) advertía de que España se aleja del objetivo marcado en la Estrategia Europa 2020 y que a los 12 millones de personas en riesgo de pobreza que había antes del coronavirus habrá que sumar los que cause la epidemia. La pobreza en nuestro país es un 4,3% por ciento superior a la media de la Unión Europea (21,86%), y muchos de estos hombres y mujeres tienen trabajo, pero no llegan a fin de mes. El desempleo, la precariedad, el crecimiento del déficit, el descontrol de la deuda pública, las necesidades sanitarias y educativas, la agresividad política, las pensiones... Todo esto y mucho más es lo que preocupa en la calle. Y no la monarquía o la república.

El rey es el único que en esta pavorosa crisis sanitaria, económica y social se ha mantenido en su sitio. El único de nuestros representantes que resulta creíble cuando se refiere a España con orgullo, sin excluir a nadie

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En política no hay nada inocente. Tanto a Podemos como a los nacionalistas catalanes y vascos les conviene, y mucho, erosionar públicamente la figura del Rey. Amparándose en su condición de republicanos, tratan de empujar hacia la derecha y la extrema derecha al representante de mayor rango del consenso constitucional. Quizá porque es el único que en esta pavorosa crisis sanitaria, económica y social se ha mantenido en su sitio. El único de nuestros representantes que resulta creíble cuando se refiere a España con orgullo, sin excluir a nadie, y que no cesa de hacer llamadas al diálogo y a la unidad frente a la confrontación y la división.

Dice Emilio Lledó que el político con poder que hace estupideces acaba “estupidizando” su propio cerebro. El panorama político nacional se ha llenado de cerebros “estupidizados”, orgullosos de su propia ignorancia y poco dados a pensar y actuar por el bien general. Afecta a todo el abanico ideológico, sin excepciones, mientras la ciudadanía se afana por sobrevivir a tanto caos y desgobierno. No se trata, como afirman, de debatir sobre monarquía y república –una discusión legítima en tiempos menos convulsos y que nadie descarta en este país–, sino de hacer saltar por los aires la única institución que hilvana una España cada día más desmembrada, la Jefatura del Estado.

Los Reyes no suelen conceder entrevistas salvo en ocasiones especiales o con motivo de la elaboración de algún libro. Se les conoce por su comportamiento público y por sus discursos. Felipe VI ha pronunciado centenares, quizá miles, pero en Asturias se ha escuchado siempre el más importante del año, el más personal, el único que no necesita la aprobación del Gobierno. Desde 1981 y con la única excepción del año 1984, que no asistió a la entrega de los entonces premios “Príncipe de Asturias” porque estaba estudiando fuera de España, el heredero, primero, y hoy rey ha ido desgranando su pensamiento. Con motivo de su llegada al trono, en 2014, la Fundación Princesa de Asturias editó sus discursos como príncipe, prologados por él mismo.

“En mis intervenciones una palabra se repite más que ninguna otra: la palabra España. Este dato me hace sentir una profunda emoción y un sincero orgullo. Aquí está la España esperanzada, comprometida, democrática, diversa y unida. La España en paz y en incesante progreso. La España de la concordia y el entendimiento”.

En ellos están también sus reiteradas condenas a la corrupción, su defensa de los derechos de las mujeres, su condena al maltrato, sus pronunciamientos a favor de los derechos de los más desfavorecidos y el peligro social que supone la falta de igualdad y de equidad, su apoyo sin fisuras al conocimiento, la cultura y la ciencia; la necesidad de mejorar la educación, sus reiteradas llamadas a la protección del medio ambiente y su defensa de la Constitución de 1978.

Nacido en un palacio, dicen sus biografías que Felipe fue un niño mimado y un adolescente pijo, al que un destino marcado y una esmerada educación fueron moldeando. Con tan solo 15 años, el entonces heredero de la Corona respondía así a la pregunta de con qué nombre le gustaría pasar a la historia, en una entrevista realizada por Pedro J. Ramírez en Diario 16: “Con ninguno determinado… Con el que la gente quiera… No quisiera parecerme a ningún rey en especial”. Y añadía: “De todas formas, me parece que un rey de hoy o un rey de mañana no tiene que inspirarse en lo que hicieron los reyes del pasado, porque las situaciones son distintas. Si acaso, eso sí, sacar la lección de sus cualidades como reyes y como hombres”.

Tres años después, con 18, cuando jura lealtad a la Constitución ante las Cortes españolas, el entonces Príncipe de Asturias ya conoce mucho mejor la historia de su país y la de la monarquía. Le confiesa a José Apezarena, autor de “El Príncipe”, que ha pensado muchas veces en que algún día será rey. “Seré Felipe VI”, le dice. Cuando Apezarena le pregunta a qué monarcas históricos admira más, responde: “Creo que muchos… Por ejemplo, Carlos I, que logró identificarse con su pueblo y ser aceptado por un pueblo al que conoció cuando era ya un hombre; Fernando VI me gusta por su amor por la paz y su buen sentido, y Carlos III por su bondad y sus dotes de creador y constructor”.

Ese año de su mayoría de edad, en el discurso que pronunció en el teatro Campoamor, Felipe de Borbón se refirió a la monarquía como una institución caracterizada “por su continuidad y su permanencia; que trasciende a las personas y que, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, ha de estar por encima de situaciones transitorias y circunstanciales”.

El 19 de junio de 2014, fue proclamado rey de España. En octubre, en Oviedo, en su primer discurso como Felipe VI en el Campoamor, afirmó: “Nuestra democracia –desde hace ya más de 35 años– no es fruto de la improvisación, sino de la voluntad decidida del pueblo español de constituir España en un Estado social y democrático de derecho, inspirado en los principios de libertad e igualdad, de justicia y pluralismo; y en el que todos, ciudadanos e instituciones, estamos sometidos, por igual, al mandato de la ley”.

Invitaba a seguir un viejo consejo de Unamuno: “Haced riqueza, haced patria, haced arte, haced ciencia, haced ética”.

Los Reyes Felipe y Letizia heredaron, además de un título, una monarquía asediada por los escándalos y con la popularidad bajo mínimos. Desde entonces, la propia familia del Rey no ha dejado de causarles problemas, lo que ha obligado al Monarca a adoptar duras decisiones que evidenciaran la desvinculación de la Corona de actuaciones poco ejemplares. El viaje a Emiratos Árabes Unidos de Juan Carlos I, a quien la Fiscalía suiza investiga por un supuesto cobro de 100 millones por la construcción del AVE a La Meca y por la entrega de 65 millones a Corinna Larsen, con quien mantuvo una prolongada relación sentimental, ha sido el más reciente, aunque probablemente no sea el último.

A ello debe sumarse la delicada situación política de la España de los últimos seis años, con el intento fallido de independencia de la Generalitat de Cataluña, el bloqueo de los sucesivos gobiernos, el auge de los nacionalismos, la falta de entendimiento de las fuerzas políticas, el acoso a su figura y una pandemia que, hasta el momento, ha causado la muerte de cerca de 33.000 personas.

Julián Marías dejó escrito que para llegar a la Guerra Civil fue preciso que muchos, que estaban bastante próximos, siguieran a los que estaban mucho más lejos, con el pretexto de que unos estaban “a la derecha” y otros “a la izquierda” de una línea imaginaria que no tenía por qué ser un abismo. Resultó que en medio no había “nada”, es decir, un vacío en el que se despeñó la nación entera.

En el medio, en este momento, está Felipe VI, un hombre de 52 años, casado y padre de dos hijas, primogénito de una familia dividida y distanciada a causa de comportamientos delictivos o supuestos delitos. Un tipo que ha demostrado ser prudente, inteligente y culto, un jefe de Estado constitucional que habla de dejar a las nuevas generaciones una España mejor y quiere ayudar a construirla. Un Borbón del siglo XXI en una monarquía parlamentaria de una España moderna, un rey como tantos otros de la Europa más rica y envidiada. Un monarca estrechamente vinculado a Asturias y a sus pueblos desde hace casi cuarenta años –el premio “Pueblo ejemplar” ha permitido a la gente conocerle mejor–, con un futuro impredecible, casi como el de toda la humanidad.

El Rey Borbón debe hacer equilibrios no solo para mantener en pie la monarquía, sino para que los partidos políticos que le zarandean, los que dejan hacer y los que le utilizan como pretexto, no consigan que España vuelva a despeñarse

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En esa fina línea que separa a unos y a otros, el Rey Borbón debe hacer equilibrios no solo para mantener en pie la monarquía, sino para que los partidos políticos que le zarandean, los que dejan hacer y los que le utilizan como pretexto, no consigan que España vuelva a despeñarse. Lo democrático, decía Aristóteles en su “Política”, no es lo que extrema los caracteres de la democracia, sino lo que permite que siga habiendo democracia.

“Al decir rey, pienso en un monarca eficaz, digno de la confianza y el apoyo de todo el pueblo español”, dijo Felipe VI en una de sus intervenciones.

Tal vez, a diferencia de lo que sucedió con su bisabuelo Alfonso XIII, la clave de la supervivencia de este confuso país, en un momento tan crucial, sea que el rey de España se mantenga en palacio.

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