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Una fiesta de ingenio

Se editan los cuentos que Martín-Santos y Benet escribieron al alimón entre 1948 y 1951

Luis Martín-Santos y Juan Benet.

Luis Martín-Santos y Juan Benet.

El lunes 20 de enero de 1964, cerca ya de Vitoria, sufrió un irreparable accidente la literatura española, que ya no sería lo que había de ser. En la carretera se dejó la vida el psiquiatra vasco Luis Martín-Santos, a cuya opera prima, Tiempo de silencio (1962), ni siquiera las mutilaciones infligidas por la censura (¡20 páginas!) habían evitado que se convirtiera en una novela revolucionaria.

En la catarata de elogios, el silencio de su amigo Juan Benet -a quien contrarió el costumbrismo remanente que detectaba en la novela- fue para él estruendoso y ni siquiera un encuentro personal meses después pudo disolver el disgusto de Martín-Santos. Lo contó Benet en Otoño en Madrid hacia 1950 (1987), una joya del memorialismo y de la prosa en la que evocó la íntima amistad que compartieron entre 1948 y 1952.

Tenían 24 y 21 años (Benet el menor) cuando se conocieron. Eran dueños de una inteligencia portentosa, de una vasta cultura y de una misma fe en su porvenir de escritores. Congeniaron de inmediato, intercambiaron lecturas y concibieron proyectos literarios comunes antes de que sus profesiones de médico e ingeniero les alejaran geográficamente. De uno de tales proyectos, un libro de relatos escrito a cuatro manos, se tenía vaga noticia, como de una novela inédita de Martín-Santos titulada Vientre hinchado y que tal vez algún día saldrá a la luz.

El libro de cuentos existió. Les sirvió como campo de pruebas entre 1948 y 1951, pero el sentido autocrítico de ambos lo relegó al olvido, como si los 67 cuentos que dejaron escritos carecieran de entidad literaria. En 1964, Benet, en una carta impresionante, desaconsejó al hermano de Martín-Santos su divulgación: creía que, de seguir vivo, “le horrorizaría la idea de publicarlos”. Hoy esos cuentos escritos “en comunidad” (expresión de Benet) salen a la luz para gozo y recreación de cualquier lector.

Porque, en efecto, El amanecer podrido es una fiesta continua donde chisporrotea el ingenio literario, unas veces como espejo deformante de la tradición, otras como mueca deformada de la España franquista, casi siempre con una causticidad culta y gamberra que hace presa tanto en los vicios sociales como en las grandes cuestiones como la muerte, el sexo o la pobreza.

Para los amantes de los microrrelatos el libro ofrece un repertorio de temas y formas variadísimo que convierte la lectura de cada uno en una sorpresa. E incluso diría que los practicantes de la minificción encontrarán una prueba de que la hiperbrevedad no debe ser sinónimo de autoindulgencia, puesto que demasiado a menudo se facturan como microrrelatos trivialidades y ocurrencias inanes. Que estos textos espléndidos casi sin excepción fueran descartados dice mucho del rigor con que concebían la escritura sus creadores. Pero tampoco eran publicables: su desvergonzada irreverencia, su salvaje flagelo contra los límites de lo decible (véanse el 7, el 23 o el 33) hubieran escandalizado a los censores. Es de justicia elogiar la esmerada labor del editor, Mauricio Jalón.

Portada de 'El amanecer podrido, de Luis Martín-Santos y Juan Benet

Portada de 'El amanecer podrido, de Luis Martín-Santos y Juan Benet

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